CAMBIANDO EL RUMBO
DE LA HISTORIA

Alrededor de cien mil minas antipersonal están sembradas hoy en Colombia y las cifras de víctimas mortales o mutiladas a causa de ellas crece día tras día. Hombres y mujeres, niños y niñas que deben cambiar abruptamente la relación con su cuerpo, sus rutinas diarias, su sexualidad, sus sueños, su futuro.
Víctimas inocentes de enemigos sin rostro, involucradas a la fuerza en el conflicto.
Pero no son sólo víctimas de estas armas quienes directamente reciben su impacto. Sus familias sufren la pérdida del padre, la madre, un hijo o un ser querido; o el tener que ver cómo la vida se transforma radicalmente al no ir a la escuela, no poder cultivar el campo o satisfacer las necesidades básicas del hogar.
A nivel colectivo las comunidades, aterradas, pierden la calma para recorrer los campos que fueron sus rutas de paso, su sustento, su lugar de recreo. Los lugares donde se tejió la historia personal y social de pueblos enteros se convierten en espacios de terror y amenaza permanentes, con los que hay que convivir o de los que deben huir dejándolo todo.
En tanto el fenómeno se extiende de poblado en poblado, un país va perdiendo el futuro, la productividad y la posibilidad de que, una vez acordada la paz, el suelo no siga manteniendo viva la guerra en sus entrañas durante años.
Colombia es el único país de América Latina donde aún se siembran estos artefactos; los municipios afectados suman ya más de un centenar.
Aproximadamente el 15% del territorio del país. En los últimos años Colombia pasó de tener una problemática leve en esta materia a la categoría de grave, según estándares internacionales.
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